Si bien, a estas alturas de la estación ya apenas encontramos estas pequeñas canicas verdes, queríamos presentaros esta maravilla de producto en su versión más sencilla. Una efímera cocción, aceite de oliva y listo, que junto a un poco de queso fresco y unas rodajas de rabanito redondean la delicada propuesta de hoy.
Nos hemos vuelto muy fanes de los guisantes.
El protagonista del plato es el verde, pero como ya hemos hablado del Pisum sativum en otras ocasiones: 16, 70, 123 y 222, escribiremos unas líneas sobre el Raphanus sativus, popularmente conocido como rábano o rabanito.
De la familia de las crucíferas, también llamadas verduras de invierno, a las que pertenecen plantas tan importantes como las coles, la rúcula, el brócoli, y otras hierbas como la rabaniza blanca. Se cree que el rábano procede de Asia y fue muy utilizado en la antigüedad, así lo apuntan las numerosas referencias que de él tenemos tanto de la cultura egipcia como romana. Resulta muy interesante comer estas raíces, de color rojizo-rosado intenso por fuera y blancas por dentro, por sus múltiples propiedades nutritivas y medicinales. Al gusto resultan un poco picantes, pero si los dejamos en la nevera, pierden esta propiedad.
Una de las mejores cenas para los meses de entretiempo preestival.
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comida
250g de guisantes frescos / queso fresco / rabanito / pimienta negra en grano / sal / aceite de oliva
1 – Ponemos un cazo con agua al fuego, cuando arranque la ebullición, ponemos sal y los guisantes y los dejamos cocinar a fuego lento unos 5 minutos máximo. Escurrimos bien y los colocamos en un plato hondo.
2 – Servimos con queso fresco y unas rodajas finas de rabanito, que previamente habremos lavado, y aliñamos con pimienta recién molida y aceite de oliva.
y siesta
3 – Esperando el sol.